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martes, 1 de diciembre de 2009

Luís Eduardo Aute contra la Piratería

Tengo 50 años, y quiero decirte, Aute, que en los años setenta, cuando yo era solamente un adolescente, mis amigos y yo teníamos tus canciones grabadas en cintas de casete. No recuerdo quien era el que tenía el original, si es que alguno lo tenía. Solamente recuerdo que nos copiábamos los temas sin sentir jamás que hacíamos daño alguno con ello a su intérprete y compositor. La piratería musical era un concepto desconocido entonces, y en cualquier caso creo que todos compartíamos, no como ahora, la sensación de que al copiarnos las canciones estábamos demostrando nuestra devoción hacia el artista al que admirábamos. Tener tus cintas era una marca de identidad. Poníamos el casete en la playa y estábamos diciendo a todo el mundo la música que nos gustaba y cómo éramos. Aunque no creo que ni nosotros mismos supiésemos bien lo que éramos. Éramos progres, creo, un poco hippies y defensores del “Haz el amor y no la guerra”. Éramos buenos amigos, desde luego. Y nos gustabas mucho. Desde entonces hasta hoy he ido a infinidad de conciertos tuyos, y he pagado con gusto por verte actuar en directo. No tuve jamás, ni tengo ahora, la sensación de haberte privado de nada, ni de haberte robado nada. Más bien al contrario, siempre pensé que al reproducir tu música te hacía publicidad; al decirle a mis amigos lo bueno que eras conseguía otros seguidores para tu arte, y al final todos juntos en las taquillas del teatro o auditorio nos dejábamos un buen puñado de las antiguas pesetas que sabíamos iban a parar, para nuestra alegría, a tus bolsillos. Todos estos recuerdos me han asaltado de pronto al imaginarte hoy en Madrid, clamando soluciones contra la piratería, y afirmando junto a otros compañeros del sector que la música es cultura, aunque curiosamente no hayáis ido a entrevistaros con la ministra de ese departamento, sino con el ministro de industria y comercio, lo que habla por sí solo del concepto que vosotros mismos tenéis del arte que afirmáis defender. Dices que la música puede desaparecer en cinco años. La verdad es que la música, Aute, no desaparecerá jamás, porque efectivamente es cultura y forma parte de nuestra identidad como seres humanos. Lo que tal vez si pueda y deba desaparecer es el negocio, tal y como está montado. O al menos tendrá obligatoriamente que adaptarse. Todos los modelos lo hacen con el paso del tiempo y con los cambios de tendencias. Vosotros lo sabéis, por supuesto, y por eso habéis ido a ver al ministro Miguel Sebastián en vez de a la ministra González-Sinde; porque habéis ido a hablar de dinero y no de cultura; y me parece bien, estáis en todo vuestro derecho. Pero no nos engañéis y no dejéis de llamar a las cosas por su nombre. Mucha suerte entonces, Aute, con vuestro negocio, y muchas gracias por aquellos años maravillosos en los que escucharte era de verdad cultura y, al contrario que hoy, todo un placer.

martes, 21 de abril de 2009

El cuento de la lechera

Hay un error de bulto, intencionado o no, en las estimaciones de pérdidas que hacen la industria discográfica y cinematográfica como consecuencia de las descargas ilegales en Internet. Ellos consideran que cada tema o álbum o película descargada ilegalmente es una venta menos. Pero es evidente que el elevado número de descargas ilegales que se produce se debe precisamente, y en gran parte, al hecho de que son gratis y es desde luego poco probable que alguien que se descarga veinte discos y veinte películas en un mes, esté dispuesto a pagar los mil euros que le costarían en la tienda. Pero hay algo más, y es que la gratuidad favorece un fenómeno tan sumamente interesante como es la descarga de obras de artistas que ni siquiera se conocen. Cosas de las que nunca se había oído hablar antes y que por lo tanto nunca se habrían comprado. Los amantes de la música y el cine se descargan, casi diríamos que compulsivamente, cuanto cae en sus manos, sea de la naturaleza que sea, y los ordenadores se llenan de cosas que son tan ilegales como indeseadas a veces, e innecesarias. No me parece descabellado afirmar que es poco probable que sus poco entusiasmados poseedores estuviesen dispuestos a pagar por ellas. Sin embargo están ahí, ocupando espacio en sus discos duros, seguramente por aquella premisa tan vieja como cierta de que “a caballo regalado no se le mira el diente”. Ocurre sin embargo que de vez en cuando entre toda esa paja aparecen verdaderas joyas que uno ni siquiera imaginaba que existían, y que no hubiera conocido jamás si no hubiera sido por la posibilidad de descargarlas libremente desde cualquier portal P2P. Y entonces se produce uno de los efectos más interesantes, curiosos y llamativos, pero al mismo tiempo el más ignorado en todas las campañas contra la piratería y las descargas ilegales en Internet. Y es que a los amantes de la música y del cine por supuesto también nos gusta atesorar nuestras obras más amadas en formato original, y cuando encontramos algo que realmente nos complace tenemos una cierta tendencia a querer hacernos con la “cosa” física. Conozco mucha gente y tengo muchos amigos que descargan música y películas de internet y puedo asegurar que sus estanterías, como la mía, están llenas de películas y discos originales. Nuestras colecciones crecen día a día con las maravillas que de vez en cuando encontramos entre toda la basura que circula por internet y que nos apresuramos a encargar a nuestra tienda de discos más cercana. Sí, seguimos comprando discos y películas, cuando nos gustan, por supuesto. Y si un día la ley se pusiera tan estricta como exigen las multinacionales y nos fuera imposible descargar una sola canción o un solo video gratis, puedo asegurar que no nos gastaríamos por ello más dinero en música y cine de lo que ahora nos gastamos. Lo que sí es seguro es que, como antes de la era P2P, volveríamos a vivir ignorando las maravillas que se hacen en lugares tan distantes como diferentes. Tendríamos un mayor desconocimiento de lo que se cuece en otras partes y posiblemente por ello podría ocurrir que hasta terminásemos por gastar menos de lo que ahora gastamos. Culturalmente, sería un retroceso enorme en muchos aspectos y dudo mucho que se tradujera en mayores beneficios para las industrias del cine y de la música. Nunca verán convertidos en dólares ni euros los millones de descargas ilegales que se producen cada día, porque en el fondo de todo este asunto de las descargas lo que subyace no es simplemente el deseo de ahorrar dinero sino un ansia irreprimible de descubrir y conocer. Las pérdidas que reflejan sus tendenciosas operaciones matemáticas son igual de fantasiosas que las ganancias del cuento de la lechera. Sólo que ellos cuentan con abogados que les ayudan a mantener el cántaro de una pieza por más veces que se caiga… o al menos así está siendo de momento.