jueves, 1 de agosto de 2013

Todos menos él



Acusa el presidente del gobierno al líder de la oposición de vivir más pendiente del extesorero del PP que él mismo. Me pregunto si, al hacer tal afirmación, al señor Rajoy no se le ha pasado por la cabeza que ese, precisamente ese, es el gran problema. No el problema del PSOE, ni de Rubalcaba, sino el problema de España y de nosotros, sus ciudadanos. Parece que en este país todos, excepto él, vivamos sobresaltados, preocupados y pendientes de Bárcenas.

Rajoy, como siempre, se remite a lo que digan los tribunales y una vez más corrobora que el concepto de responsabilidad política es totalmente inexistente en España. Un dirigente del PP afirmó en cierta ocasión, parafraseando a Plutarco, que los políticos no sólo deben ser honestos, sino parecerlo. A los españoles nuestros dirigentes no solamente han dejado de parecernos honestos, es que nos han dado motivos más que suficientes para que sospechemos que no lo son y que, lo que es aún peor, nos toman por imbéciles cuando salen a la palestra para hablar de despidos simulados, de indemnizaciones diferidas y de tramas organizadas contra el PP.

Dicen primero que no, luego que no sé, luego que sí y finalmente que ya se verá y que lo que diga el juez. Y mientras tanto de su sillón que nadie les mueva. Pero los jueces no están para poner o quitar gobiernos, están para meter en la cárcel a los delincuentes. En democracia, los gobiernos los ponemos y los quitamos los ciudadanos. Es verdad que fueron votados hace 20 meses. Pero del mismo modo que el señor Rajoy ha admitido hoy ante el Congreso que se equivocó al confiar en Bárcenas, la inmensa mayoría de los españoles estamos más que convencidos ahora de que nos equivocamos al darle nuestra confianza y la mayoría absoluta a un partido que ha demostrado parecer todo menos limpio. Y, sinceramente, estamos agotados, y no queremos tener que esperar a que un juez nos diga si tenemos o no tenemos razón, porque deseamos y nos merecemos un gobierno que parezca honrado, además de serlo.    

domingo, 28 de julio de 2013

24 de Julio



Me es imposible contar las noches de 24 de Julio que he pasado en Santiago. Algunas de las veladas más hermosas y sublimes de mi vida las he vivido ese día y en esa ciudad. 18 años viví en Galicia y creo que nunca falté a la cita. La víspera del apóstol era la más deseada y mágica del año. La energía y la fogosidad de mi adolescencia y de mi juventud se iluminaban cada año bajo un cielo de fuegos artificiales y se acrecentaban aún más al calor de innumerables tazas de ribeiro. Los recuerdos se agolparon hace cuatro días en mi cabeza con el impacto de la noticia. Fueron tantas las veces que pasé sobre esa curva fatal, llevando conmigo mis amores, mis sueños, mis fantasías, mis borracheras y mis ilusiones. No hay día mejor ni día peor para un accidente de esta magnitud, pero el destino ha querido que haya sido una noche como no hay otra igual en el calendario, ni para los compostelanos, ni para muchos gallegos. Santiago cambió sus bombillas de colores por las luces de las ambulancias, coches de policía y bomberos. La música de las gaitas, bandas y orquestas por el estrépito de las sirenas. El baile en las calles y en la alameda por un desfile macabro de heridos y muertos. No he podido escribir nada antes y aun ahora se me hace un nudo en la garganta. Una parte de mi corazón ha vivido siempre en Santiago. Nunca se fue de allí. Y nunca se irá.

Marca España (La Chapuza Nacional)

Un tren se dispara a 190 kilómetros por hora en una vía por la que como máximo puede circular a 80 y no existe un sistema de seguridad que lo detenga, pero el desastre, sin mediar investigación, ya tiene chivo expiatorio: el maquinista ¡Faltaría más!

Y yo me pregunto ¿Qué habría pasado si el maquinista hubiera sufrido un infarto? En primer lugar, una línea de alta velocidad no puede verse interrumpida bruscamente por una curva imposible que forma parte del trazado antiguo tradicional. En segundo lugar, la seguridad de un tren de alta velocidad no puede quedar bajo la exclusiva responsabilidad de una persona. Lo que hace a la alta velocidad tan fiable no son solamente sus vías, sus locomotoras y sus vagones, es, sobre todo, la tecnología punta en materia de seguridad que debe controlar en todo instante cada movimiento del tren y permitir forzar incluso el que un convoy se detenga si algo no va bien. Y esa tecnología no estaba presente en el tramo en el que ocurrió el accidente. No es que fallara, es que no existía. Y no existía porque ese tramo no es de alta velocidad.

Hablan del primer accidente de la alta velocidad española pero, dejémoslo claro, la línea Madrid-Ferrol no es ni alta velocidad ni es nada. Es solamente un remiendo de antiguos trazados tradicionales de ancho ibérico mezclados con modernos trazados de ancho europeo de alta velocidad, máquinas de su padre y vagones de su madre. Todo muy bien amalgamado para que salga más barato y pueda ser inaugurado justo a tiempo antes de las elecciones.

Ahora todos se lamentan y se echan a temblar pensando en las posibles consecuencias económicas y los suculentos proyectos internacionales cuya adjudicación podría verse comprometida como consecuencia de este accidente. Les ha faltado tiempo para dejar de llorar a los muertos y empezar a temer por su cartera y por la forma en que afectará a la tan manoseada marca España. Pero si hay algo que este accidente ha hecho es precisamente reforzar la idea que los ciudadanos tenemos de la dichosa marca, de nuestros políticos, nuestra administraciones y nuestras infraestructuras. Este fatal accidente no ha sido más que la constatación, la viva imagen y el doloroso resultado de lo que todos conocemos desde siempre como la “chapuza nacional”, la única y auténtica marca España de cuya existencia tenemos constancia plena porque la sufrimos cada día.

martes, 9 de julio de 2013

El oro del Perú



Mi amigo José es limeño. Una tarde tomando cervezas en Miraflores me dijo muy convencido “A ver cuando ustedes, los españoles, nos devuelven el oro que nos robaron”. A mí me dio un ataque incontrolable de risa y con gesto dulce lo tomé del brazo y lo acerqué hasta un espejo “Mírate bien” Le dije “Tus ojos son azules, tu pelo rubio, tu piel blanca como la leche y tu apellido es Schwartz”. Los españoles nunca robaron oro alguno a los descendientes de europeos que ahora gobiernan América Latina y no se empachan hablando de los derechos de sus pueblos. Los pueblos de América siguen por liberar. Quechuas, nahuas, aimaras, mayas, guaraníes, yanomamis y tantos otros, siguen sin recuperar la tierra que les fue arrebatada. Mi amigo Pepe aprendió en la escuela peruana que los españoles somos el diablo y los culpables de todos sus males. Nunca antes se había mirado al espejo ni se había planteado que el oro robado no era suyo ni de sus antepasados, era de otros, y si tuviera que ser devuelto no debería ser ni para él ni para ninguno como él. Bolívar era un aristócrata descendiente de españoles y gran amigo de Napoleón, a quien indisimuladamente pretendía parecerse. El libertador, como pomposamente lo llaman, nunca liberó a los pueblos de América. Él solamente libero a los suyos, a los blancos como él, para que nunca más tuvieran que pagar impuestos a la metrópoli. “América es nuestra” dijo, y obviamente al hacerlo no se refería precisamente a los indígenas. La historia la escriben siempre los vencedores. En los Andes, en los desiertos de América del Norte, en las selvas amazónicas, los perdedores siguen sin poder contar la suya.

domingo, 7 de abril de 2013

Los Desestabilizadores



El ejecutivo portugués ha culpado al Tribunal Constitucional de ese país de crear inestabilidad por considerar contraria a la carta magna la ley que suprime la paga extraordinaria de verano, que, por otra parte, aclarémoslo, de extraordinaria no tiene nada, porque no es otra cosa que la catorceava parte del salario anual. De modo que quitar dicha paga vendría a ser lo mismo que reducir por ley el salario de los trabajadores en un 7,14% ignorando y dejando sin ningún valor los contratos y los convenios colectivos firmados con anterioridad a la promulgación de dicha ley.

Pero lo que más me preocupa de las declaraciones hechas por el primer ministro portugués es que suponen otra vuelta de tuerca a la desvergüenza con que los gobernantes europeos están desmantelando los derechos sociales y la separación de poderes en que se ha cimentado nuestra sociedad durante las últimas décadas, con la excusa falaz de la crisis como telón de fondo. Hasta el punto de que ya no son ni los bancos, ni los políticos corruptos, ni los mercados, ni los especuladores, ni los defraudadores fiscales, ni las burbujas financieras o inmobiliarias, ni las instituciones malversadoras de fondos, ni el derroche de las administraciones, ni tan siquiera el poco sentido de la mesura y el desmadre consumista de los ciudadanos los culpables de nuestra inestabilidad ¡No! La culpa finalmente resulta ser de la justicia, y más concretamente de los jueces que, todavía, de momento, gracias a Dios, intentan abrirse paso para mantenerse independientes a trancas y barrancas.

Que ese tipo de jueces son un verdadero incordio ya lo comprobó Baltasar Garzón en carne propia. Y no tardará mucho en alzarse alguna voz aquí, en España, para recriminarle al juez Castro que si la monarquía se tambalea no es porque el rey cace elefantes en Botsuana mientras nuestro país se desangra económicamente y aguanta como buenamente puede el pesado lastre que supone tener casi seis millones de personas sin empleo. No es porque los reales yernos sean unos inconscientes que dejan a sus hijos de 12 años jugar con escopetas y pegarse un tiro en el pie, o corruptos que se enriquecen ilícitamente parapetados bajo fundaciones supuestamente sin ánimo de lucro. Y no es, desde luego, porque la infanta Cristina, hija del rey y séptima en la línea de sucesión, aparezca como copropietaria y beneficiaría de esos y otros chanchullos de su marido. No. La culpa finalmente, ya verán ustedes, será del juez irresponsable que tuvo la osadía de querer imputar a un miembro de la realeza por cooperación necesaria en malversación de fondos sin considerar siquiera que con ello podría “desestabilizar” el país.