lunes, 8 de junio de 2020

La ¿Nueva? Normalidad


Un día me dijeron: “Quédate en casa”. Y me quedé. Y a ese quedarse en casa lo llamaron confinamiento. Y el confinamiento me hizo darme cuenta del vértigo que habíamos instalado en nuestra existencia, del estruendo que nos rodeaba, de la híper-conexión a la que voluntariamente nos habíamos sometido y de la intoxicación que sufríamos. Y pude escuchar el silencio. Y ser consciente de la falta que me hacía.

Conocí una época en la que todo era más sereno, sencillo y tangible. Hoy en mi salón hay más pantallas que ventanas, y el hecho de que pase más tiempo mirando a través de aquellas que de estas me resulta cuando menos desconcertante. A veces da la impresión de que las plantas de mi balcón se ven menos nítidas, yo diría que hasta más pixeladas, que las flores en Ultra HD en la televisión. Es difícil discernir lo que es real de lo que no.

El mundo detenido ha dejado un poso profundo de melancolía en mi interior. He de confesar que la ciudad desierta resultaba tan inquietante como poéticamente bella. Las calles vacías, o mejor aún, las calles invadidas por ardillas, más que tristeza me llevaron a experimentar la peor de las nostalgias; añorar, que diría Sabina, aquello que nunca jamás sucedió: Una cabaña en el campo, el aullido de un lobo en la noche, el canto de los pájaros al amanecer, un bosque de árboles frente a mi puerta.

La ciudad en la que vivo da hoy un paso más hacia la tan cacareada nueva normalidad, pero no estoy seguro de que eso me haga sentir reconfortado porque, más que nueva, lo que parece venir es un mal remedo de la vieja. Más de lo mismo pero peor.

El caso es que tanto hablar de la vuelta a lo cotidiano y ahora que empieza a llegar me descubro instalado en una inmensa paradoja: Extraño la "Anormalidad". Y cuando nadie me obliga a estar encerrado más que nunca me resguardo del mundo tras mis candados. La verdad, no sé si estoy preparado para que lo que antes se consideraba “normal” reaparezca.