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lunes, 16 de mayo de 2011

No era esto

Abandonar a los estados miembros a su suerte si las cosas vienen mal dadas. Echar el cerrojo en las fronteras si un país recibe un aluvión de emigrantes procedentes de cualquiera de los más de mil y un desastres humanitarios que se otean en el horizonte. Esa es la propuesta ya defendida por una mayoría de los países miembros de la Unión Europea. Nos vendieron esta Europa como la de los ciudadanos. Siempre supimos que era en realidad la Europa de la empresas eléctricas, de la banca, de los fabricantes de automóviles y las compañías aéreas. La Europa de las multinacionales que se han hecho de oro con la misma velocidad con que la población se ha empobrecido. Y aun así aceptamos ilusionados el caramelo de una Europa sin fronteras con su moneda única que parecía sacada de una partida de Monopoli. Un sueño casi tan fantástico como una película de Disney para hombres y mujeres que medio siglo antes se estaban matando entre sí. Aunque el de Europa sea un matrimonio de conveniencia, como en cualquier enlace debemos estar unidos en la riqueza y en la pobreza, en las alegrías y en la tristeza. En vez de cerrar otra vez las fronteras, Europa debería asumir como propios los problemas que se presenten en aquellos países que por su situación sean más propensos a recibir oleadas de emigración irregular, y ayudar a prevenirlos, a manejarlos si se producen y a buscar soluciones. Si no les gusta nuestra frágil y sensible realidad mediterránea que no nos hubieran aceptado de entrada. Nuestra particularidad geográfica no es cosa de hace dos meses. Es milenaria y está históricamente documentada. En las costas de Italia y España han desembarcado cuantas civilizaciones y cuantos invasores hubo a lo largo y ancho de este Mare Nostrum desde que el hombre existe. Nuestra delicada posición formaba parte del paquete que llevábamos incorporado cuando nos subimos a este barco. Y ahora que estamos en él no pueden recriminarnos, ni restregarnos por la cara, que los emigrantes que desembarcan en nuestras playas lo hacen en Italia o en España y son nuestro problema. No señores, no llegan a Italia o a España, llegan a Europa, a la misma Europa de Shell, de Bayer, del Deutsche Bank, de Endesa, del BBVA, de Nestlé, de Inditex, de Nokia, de Telefónica, de BP. No hay dos Europas, no puede haberlas. No podemos permitir una unión sin fronteras para las empresas y otra insolidaria y con controles para el ciudadano de a pie. No era eso lo que nos habían prometido. No era esto.

viernes, 9 de abril de 2010

Juicio a Garzón (Atado y bien atado)

A lo mejor no quedó todo tan bien atado como el genocida pensó que lo dejaba. Puede que el intento de enjuiciamiento del señor Garzón haya hecho despertarse, por fin, a la mitad de un país que había sido obligada a callar y a tragar, por una ley que más que de amnistía debería haberse llamado de amnesia. Nuestros muertos están en la cuneta. Y solamente los nuestros. Basta ya de repetir como loros que hubo víctimas en los dos bandos. Estoy harto de ese mantra fascista que es solamente la media verdad que oculta la otra media. Muertos en ambos bandos, claro que los hubo. Pero los de ellos ya fueron enterrados con grandes honores. Ellos ya tuvieron su reparación histórica. Fue pagada por el generalísimo, el gran dictador, con el dinero de todos. Pero muy especialmente con el dinero de los perdedores, y con su trabajo, y con sus vidas. El infame Valle de los Caídos fue levantado, piedra a piedra, con el sudor y la sangre de los rojos, para regocijo de los azules. Los azules de antes y los de ahora. Que no son distinta cosa. El logotipo del PP puede parecer una gaviota, pero sigue siendo un aguilucho. Disfrazado, eso sí. Lobos con piel de oveja. Perros iguales con distintos collares. Sí, ellos tuvieron ya hace mucho tiempo su reparación histórica. Nosotros todavía no hemos tenido ninguna. Y la exigimos. Así pasen 100 años, la exigiremos. Es una deuda de estado. Es una deuda de todos con una mitad de España que nunca, jamás, ha sido saldada. Los muertos nunca olvidan. Sus familias se encargan de recordar por ellos, especialmente cuando todavía yacen como perros en las fosas comunes de los campos de media España que nuestros jueces fascistas se niegan a autorizar a abrir. En la segunda década del siglo XXI La Falange Española ha sentado en el banquillo al único juez que se ha atrevido a llamar a aquello por su nombre: genocidio. Algo huele a podrido en España y no es precisamente el hedor que desde su tumba exhala el cadáver de quien no tuvo reparo en mandar fusilar a todo el que pensó distinto a él. Es el hedor de los que, treinta y cinco años después de su muerte, siguen pensando como él, y defendiendo su legado. No es a Garzón a quien se disponen a callar, es a la mitad de España. A esa mitad de España que a lo mejor ya no tiene ganas de seguir callada por más tiempo.

jueves, 4 de marzo de 2010

La Fiesta Nacional

Me comentaba una vez un amigo extranjero que España debía ser, probablemente, el único país del mundo que mataba al animal que tenía como símbolo nacional. En Perú, el cóndor es un ave protegida, y protegido está el tigre en la India. En Australia hay tantos canguros que su alto número es ya casi un problema, pero siguen siendo intocables por ley. Y en China, pobre de aquel al que se le ocurra matar a un oso Panda. Los turistas llegan a esos países dispuestos a pagar dinero por ver a esos animales vivos, y desde luego en su hábitat natural, no en un zoo, ni en una reserva. Una industria turística fantástica se mueve alrededor de estos animales cuya existencia ha sido considerada por los ciudadanos de esos países como más provechosa que su muerte. Pero aquí somos diferentes, en eso como en todo, y nuestros visitantes vienen a España para ver cómo nos cargamos al animal que luego pintamos en todos los posters y camisetas que se llevan de recuerdo. Ese toro bravo que ven una y otra vez sobre las curvadas líneas de las colinas, al borde mismo de nuestras carreteras. Sí, es el toro de Osborne, Patrimonio Cultural Nacional, orgullosamete intocable y que representa al toro que nos cepillamos seis veces por día y plaza en nuestras fiestas nacionales. Todo eso me decía perplejo mi amigo extranjero mientras se compraba una entrada de sombra para ver con sus propios ojos, en la Plaza de Toros de Granada, lo bárbaros que somos los españoles. Y yo no pude evitar hacerle saber que ellos, guiris tan cultos y civilizados, tienen si cabe más culpa que nadie en la perpetuación de esta fiesta salvaje y tercermundista propia de la edad media y no del siglo veintiuno. Ellos, esas decenas de miles de turistas que acuden a la Plaza de las Ventas y a la Real Maestranza de Sevilla en tardes de toros para no marcharse a casa sin una foto que mostrarles a sus también civilizados vecinos y amigos. Y así es, al final resulta que hay fiesta porque hay gente sin escrúpulos que sigue pagando para que la haya, incluyendo a aquellos que la critican pero que pagan sólo para darse el gusto de decir yo estuve allí al menos una vez, aunque el precio de esa malsana curiosidad sea la vida de un toro, o mejor dicho de seis. Un toro que matará el torero porque, no lo olvidemos, el respetable le ha pagado para que lo haga. Y el respetable, ya se sabe, siempre tiene la razón.