Séptima visita a España del jefe de Estado de Argentina. No
solo no se ha reunido ni una sola vez con el presidente del Gobierno, tampoco
lo ha hecho con el jefe del Estado español, el Rey. Cada visita que realiza se
resume en una sarta de improperios e insultos —a cuál más grueso— contra España
y sus instituciones. Sin embargo, a la derecha nacional —tan española ella, con
sus muñecas tan coloridas de rojo y gualda—, esto no solo no le molesta, sino
que le hace mucha gracia.
Me viene a la memoria aquella vez en que Hugo Chávez,
presidente de Venezuela, empezó a despotricar contra Aznar en una cumbre
iberoamericana celebrada en Chile. José Luis Rodríguez Zapatero, por entonces
presidente del Gobierno de España, le recriminó su actitud diciéndole delante
de todos: «Se puede estar en las antípodas de una posición ideológica, no
seré yo el que esté cerca de las ideas de Aznar, pero el expresidente Aznar fue
elegido por los españoles, y le exijo respeto».
La cultura popular tiene una máxima y un código de lealtad
no escrito: «Los trapos sucios se lavan en casa» o «De mi madre hablo mal yo,
pero tú ni la mentes». Poner alfombras rojas a los que vienen de fuera a
destrozar la convivencia es gravísimo y terriblemente antipatriota. Así es como
se empieza, primero dejas que Meloni o Milei vengan a insultar y un día
terminas llamando a la aviación italiana o alemana para que bombardee los
pueblos de tu queridísima patria.
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